El comentario de hoy, martes 17 de febrero 2020

En unos meses, la ciudad de Oaxaca de Juárez, cumplirá treinta Y tres años de haber sido reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Ya hemos comentado de este tema. Sin embargo, hay que ir de nuevo y las veces necesarias para crear conciencia respecto a lo que implica la protección de nuestro Patrimonio Histórico.
Más que un reconocimiento a dicho patrimonio monumental, el organismo internacional del sistema de Naciones Unidas, valoró el papel tan importante de nuestros ancestros, en la conservación y cuidado de nuestra ciudad colonial. Nuestra capital conservó sus edificios de arquitectura novohispana, justamente por el cuidado de sus ciudadanos y de las autoridades, tratando con ello de dejar íntegro el legado que nos heredaron tanto indígenas como españoles, que construyeron con sus manos o diseñaron con su imaginación, esta belleza de edificios que tenemos, uno de cuyos mejores exponentes es Santo Domingo de Guzmán.
No obstante, es evidente que no todos han visto las cosas de esa manera. El vandalismo encubierto, provenga de donde provenga, se ha convertido en ente depredador. Manifestaciones de toda naturaleza, protegidas bajo el manto de libertad de expresión, han volcado su frustración en contra de esos vestigios históricos que nuestros abuelos se obsesionaron en proteger del tiempo y de la destrucción premeditada. Estimo que en los siglos dieciocho y diecinueve no había leyes protectoras de ese patrimonio.
A lo que vamos es a esto. Hacen falta leyes que sancionen el vandalismo, sobre todo aquel que se vuelca sobre ese patrimonio histórico. Si lo que todos los pueblos del mundo, sobre todo las comunidades indígenas y sociedades tribales tratan es de mantener vivo su origen, ¿qué nos está pasando que estamos tan empeñados en demoler nuestro pasado? Nada, absolutamente nada justifica esa conducta destructiva y perniciosa.
De antemano sé que en nuestra flamante legislatura nada se hará. El tema no es rentable. La lucha –insisto- debe provenir de la sociedad civil. Colegios de arquitectos, ingenieros, organismos y sociedades que en diversos foros valoran nuestra cultura y pasado. No sería en vano cualquier esfuerzo. Pero la destrucción de nuestro patrimonio cultural debe terminar. No podemos permitirnos el lujo de que la protesta, por lo que sea, se convierta en vandalismo y en un cáncer que avasalle lo que nos dejaron nuestros abuelos y que no quede piedra sobre piedra, para el futuro y nuestros hijos. (JPA)
